Stewart Butterfield estaba destinado a ser profesor de Filosofía, pero apostó por crear Flickr y triunfó. Ahora lanza un nuevo órdago. ¿Su nombre? Slack.

POR VÍCTOR GODED

No supo que existía el agua caliente hasta que cumplió los tres años, y hasta los cinco no conoció la electricidad, el teléfono ni la televisión. Dharma Jeremy nació en una comuna hippy en Lund, cerca de Vancouver (Canadá). Su padre era un estadounidense que había desertado de la guerra de Vietnam y que se instaló con su pareja canadiense en las ruinas de una granja abandonada. Entre señales de humo y amor libre dieron a luz a su retoño en una precaria cabaña, su particular portal de Belén.

Hasta finales de los 70 no retornaron a la sociedad capitalista. Al estilo de los testigos protegidos, se reinsertaron con otro nombre. Dharma Jeremy pasó a llamarse Stewart Butterfield. Y a los siete años vivió su primer amor: la computadora que le compró su padre. Era la primera que veía en su vida: «Pertenezco a la primera generación de niños que creció con ordenadores».

El yin y el yang resumen la juventud de Butterfield. El espíritu idealista lo sostuvo gracias a un viaje en solitario a China, a su licenciatura en Filosofía –con especialidad en Spinoza incluida– y a una beca para estudiar Psicología Cognitiva en Cambridge. El contrapeso a ese lado espiritual lo marcaba la realidad convencional: de niño aprendió a programar de manera autodidacta, y eso le valió para ganar un dinero extra diseñando páginas web durante su época universitaria.  Stewart Butterfield, un cruzado contra el e-mail 3El sueño de Stewart Butterfield es triunfar con un videojuego. Ha fracasado dos veces, pero de esos fiascos han surgido dos aplicaciones punteras: Flickr y Slack.

 

Stewart también formó parte de la primera camada de visionarios que se aventuró con las puntocom. Entró en el mundo virtual gracias a Gradfinder, la startup de su amigo Jason Classon. Pero cuando la burbuja estalló en pedazos fueron devorados por Highwireds. De la aventura, Butterfield extrajo una moraleja positiva: «Tuvimos un beneficio saludable».

Con ese dinero y su optimismo innato organizó la 5K Competition. Por aquella época la conexión a internet no entendía de fibra óptica ni de megas, con lo que este curioso concurso premiaba a los sitios que pesaban menos de 5 kilobytes y que, por tanto, no tardaban una eternidad en cargar: «Se hizo inesperadamente popular en todos los países del mundo». Y su apellido empezó a ser conocido en el mundillo.

Indigestión inspiradora

En los últimos coletazos de la veintena conoció a su media naranja personal y profesional, Catherina Fake, una mujer mayor que él cuya infancia tampoco discurrió por los carriles habituales: de niña le tenían prohibido ver la televisión, así que ese tiempo lo invirtió leyendo poesía y tocando música clásica.

Juntos alumbraron Ludicorp, una pequeña empresa que ideó el videojuego online Game Neverending. Su nombre (el juego interminable) ya explica bien claro de qué iba: no había ganadores ni perdedores y el objetivo era adivinar acertijos hasta el infinito. Su atipicidad chocó con la cultura cibernética, y su bagaje se resume en pocas ventas pero, a la vez, en un éxito en tres vertientes: por un lado se convirtió en un programa de culto; por otro, fue el vínculo que unió a Butterfield con Cal Henderson, un informático que comenzó hackeando sus correos personales y que acabó convirtiéndose en un pilar clave en su carrera; y, por último, de las cenizas de Game Neverending –y con la colaboración de Fake  y Henderson– surgió el proyecto que cambiaría su vida: Flickr.

La popularísima aplicación, que permite guardar, ordenar, buscar y compartir fotografías o vídeos en línea, nació en 2004. Y, sorprendentemente, surgió de una indigestión alimentaria: «Viajé a Nueva York a dar una conferencia –explica Butterfield–. Tuve una intoxicación alimentaria y me pasé en vela toda la noche. La idea de cómo mejorar Flickr me vino cuando estaba echando las tripas en el cuarto de baño de un hotel».

«Si hubiésemos vendido flickr seis meses más tarde habríamos ganado diez veces más»

Arropado por el crecimiento de la fotografía digital, el nuevo servicio de almacenamiento de imágenes se convirtió en sitio de referencia. Su notoriedad hizo saltar las alarmas de las principales firmas de la industria. Yahoo! fue el mejor postor y adquirió los derechos de la compañía: «Si hubiésemos vendido Flickr seis meses más tarde, tal vez habríamos ganado diez veces más, pero en ese momento nos pareció la decisión correcta. Daba la impresión de que iba a estallar una nueva crisis económica en Asia y temimos que eso fuera a limitar las posibilidades de inversión». Butterfield se quedó en la empresa como director gerente. Le habían prometido libertad de presupuesto, pero eso nunca se cumplió y pasó «a tener que luchar por todo». Después de tres años, cansado de esa «terrible broma», decidió decir adiós con un jocoso mail de despedida a recursos humanos.

Y volvió a empezar. Con más dinero y recursos, aunque sin la ayuda de Catherina Fake -de quien se había separado-, retomó el sueño de diseñar un videojuego. No dudó en encender de nuevo la maquinaria del emprendimiento. El primer paso fue fundar Tiny Speck, una pyme nodriza donde se desarrolló el juego Glitch, que se basaba en la cooperación de varios participantes para superar fases. La equivocación en la toma de decisiones técnicas desembocó en un amargo déjà vu. Fue otro fracaso, como Game Neverending. Pero, igual que entonces, el equipo de Butterfield aprovechó el rebufo creativo para idear Slack, su visado para retornar al Olimpo de Silicon Valley. Una aplicación que, bajo el lema ‘vive menos ocupado’, desafía las reglas del siglo XXI.


Stewart Butterfield, un cruzado contra el e-mailY el Óscar de las ‘apps’ es para… Slack

Slack recibió en 2016 el premio a la mejor startup en los Crunchies, los Óscar de Silicon Valley. En 2015 obtuvo el Innovation Award. Y otro de sus galardones es tener como inversor a Jared Leto, cantante, actor y amigo personal de Stewart Butterfield.


El órdago es mayúsculo, pues pretende que Slack se convierta en el nuevo Microsoft, es decir, en una plataforma única en la que se haga el trabajo de oficina y en la que, a la vez, se puedan añadir otras herramientas como Dropbox o Skype. Y, sobre todo, permite prescindir de correo electrónico para la comunicación interna en las empresas. Según un estudio de la consultora McKinsey, los trabajadores emplean el 28 por ciento de su jornada laboral gestionando e-mails. Mediante chats generales y subgrupos, Slack posibilita al usuario elegir si quiere recibir esas comunicaciones al instante o acumularlas para seguir concentrado en su tarea. Compañías punteras como AirBnB, HBO, Buzzfeed o la NASA ya la han instalado en los escritorios de sue empleados.

«Flickr fue grande, pero ahora hay diez veces más personas conectadas online, con lo que Slack es mucho más importante», afirma orgulloso. Quizá al recordar que Microsoft ya anda detrás de una app similar, pero que la suya llegó antes.


TRAS LA ESTELA DE BILL GATES

1.690 millones de dólares

Es la cifra en la que está estimada actualmente su fortuna. Una parte proviene de la venta de Flickr a Yahoo!, que rondó los 35 millones de dólares.

13.000 millones de fotos

Hay colgadas actualmente en Flickr, con dos millones de grupos creados. La web, sin embargo, ha perdido peso por la aparición de otras aplicaciones.  

3.800 millones de dólares

Es la valoración total de Slack, que nació en 2013, atrayendo 539 millones de dólares de capital privado. Actualmente tiene tres millones de usuarios.


UN FILÓSOFO A LA CONQUISTA DE SILICON VALLEY

Su padre se arruinó

Cuando los Butterfield regresaron a EE.UU., el padre trabajó en el sector inmobiliario. En 1982, al caer los  tipos de interés, lo perdieron todo

Rechazó dar clase en la universidad

Pudo impartir clases de Filosofía al acabar la carrera, pero sus dos profesores favoritos le aconsejaron que no lo hiciera. Años después regresó para agradecérselo.

Una carrera llena de premios

The Wall Street Journal le nombró Innovador Tecnológico en 2015. Diez años antes, el MIT le escogió entre los 35 jóvenes más influyentes.